El Drama: Bodas, secretos y la incomodidad como espectáculo
Se estrenó en cines la película de Kristoffer Borgli producida por A24, protagonizada por Zendaya y Robert Pattinson.

Las bodas siempre fueron un campo fértil para el cine: tensión, inseguridades, vínculos al límite. Desde el caos inolvidable de Relatos salvajes hasta las nuevas exploraciones del género incómodo, como Algo terrible va a suceder la serie de terror estrenada recientemente en Netflix. Ese terreno vuelve a ser protagonista en la nueva película de Kristoffer Borgli, quien ya había demostrado su gusto por lo incómodo en Sick of Myself y Dream Scenario.
Esta vez, con una dupla potente como Zendaya y Robert Pattinson, se mete en la previa de una boda. Todo arranca como una historia romántica clásica: Charlie (Pattinson) y Emma (Zendaya), un encuentro casual en un café, un libro que funciona como excusa, una conexión casi inmediata. Pero como suele pasar en el universo de Borgli, esa aparente normalidad es apenas la superficie.

La grieta aparece en una cena previa al casamiento, cuando un secreto del pasado de Emma sale a la luz, inoportuno para el contexto actual argentino. Lo que parecía una relación sólida empieza a resquebrajarse, sembrando dudas, inseguridades y tensiones que no solo afectan a la pareja, sino también al entorno de amigos y compañeros de trabajo.
A partir de ahí, la película se mueve en un terreno incómodo, donde el humor negro y el absurdo conviven con un drama que por momentos roza lo exagerado. Borgli vuelve a jugar con personajes que reaccionan de manera torpe, desmedida, casi patética, potenciando ese clima de incomodidad constante.
En ese juego, quien se roba gran parte de la película es Pattinson, componiendo a un novio dubitativo, paranoico y frágil, sosteniendo con precisión ese equilibrio entre lo ridículo y lo humano, mostrando nuevamente un buen timming para la comedia como lo hizo recientemente en Mickey 17 de Bon Joon Ho. Zendaya, por su parte, aporta carisma y presencia, funcionando como el detonante de un conflicto que nunca termina de estabilizarse.
Formalmente, el director construye tensión con recursos mínimos pero efectivos: una cámara inquieta, una música persistente —casi hipnótica— que remite al suspenso más clásico, y una progresión que va escalando hasta un final donde la boda, lejos de ser celebración, se convierte en un espacio de incomodidad total.
¿Es exagerada? Sí. ¿Es forzada por momentos? También. Pero en esa incomodidad, Borgli vuelve a demostrar que su cine no busca la empatía fácil, sino provocar y exponer lo peor de sus personajes. Y en ese terreno, una vez más, el resultado es tan incómodo como divertido.
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