La Mujer del Río: El rompecabezas de la violencia

ESTRENO EN CINES

Se estrenó en cines argentinos, el cierre de la trilogía Autoengaño, que comenzó con 36 horas y Cuando Oscurece.

El cine de Néstor Mazzini siempre tuvo algo de observación cruda, casi documental, muy en la línea del realismo social que remite al cine de los Hermanos Dardenne. Historias pequeñas, cotidianas, donde los conflictos humanos se sienten cercanos, incómodos. La mujer del río no solo reafirma ese camino, sino que lo lleva a un lugar más oscuro y contundente.

Como cierre de la trilogía Autoengaño iniciada con 36 horas y continuada con Cuando oscurece, la película retoma la historia de Pedro y Erika. Después del secuestro de su hija y la condena que lo llevó a prisión, Pedro recupera la libertad e intenta recomponer su vida y su vínculo con Flor. Pero lo que parece un intento de redención pronto se revela como algo mucho más perturbador.

Esta vez, Mazzini toma una decisión narrativa arriesgada: empezar por el final. Una escena lejana, fría, donde un disparo irrumpe en la cotidianidad. A partir de ahí, la película se construye como un rompecabezas que va hacia atrás, desarmando cada pieza que llevó a ese momento. Hay algo de Memento en esa estructura fragmentada, pero aplicada a un terreno profundamente realista.

Lo que emerge es un retrato incómodo de la violencia de género. No desde el golpe directo, sino desde la acumulación: la manipulación, el acoso, las promesas de cambio, el desequilibrio emocional de un hombre que nunca logra correrse de su lógica de poder. Pedro no es un monstruo evidente, y ahí está lo más inquietante. Es en los detalles, en las miradas, en los silencios, donde la película encuentra su mayor potencia.

El relato avanza entre abogados, juicios y tensiones crecientes, dejando que el espectador arme las piezas y entienda —casi con angustia— cómo se llega a ese desenlace inevitable.

Las actuaciones sostienen todo: César Troncoso construye un personaje perturbador desde la contención, mientras que Andrea Carballo aporta una fuerza emocional que atraviesa toda la película. Y en ese centro también está Flor, interpretada por Matilde Cremer Chiabrando, como testigo silencioso de un conflicto que la excede.

La mujer del río es una película dura, incómoda y muy actual. Un cierre coherente y potente para una trilogía que decidió mirar de frente las miserias humanas y, en este caso, poner el foco en una problemática tan vigente como dolorosa.

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